
Eran ya las 6:00 h. El despertador sonó, y en el fondo aún resonaba en mi cuerpo lo que estaba… ¿soñando?
Por alguna extraña razón, me sentía nervioso. “Bah, debe ser que me levanté muy deprisa, ya me ha pasado antes”.
Fui a la ducha. Se me cayó todo de las manos; lo vi normal… y mi mujer me recordó que ese día tocaba excursión con los peques:
—¿Les hiciste anoche la mochila? —preguntó.
Y justo al terminar la frase, el agua se sintió helada en mi espalda.
—No, pero lo hago en breve —respondí. Tampoco parecía un día muy distinto. Solo había que echarles un par de cosas extra.
Salí de la ducha, me vestí. De pronto me detuve. Me detuve… y silencio.
Luego vino el café. Leí algo en Insta. Ya estaban todos listos para irnos.
Casi siempre eran así mis mañanas, aunque esa vez pasaba algo diferente.
Algo se me olvidaba y no dejaba de retumbarme en la cabeza:
—¿Qué era lo que tenía que hacer?
Mientras tanto, atravesaba la autovía rumbo al cole para dejar a los peques.
Ya se veía el bus. Los niños gritaron entre risas un enorme:
—¡Síííííí!
Y fue como si me hubieran asustado. Un hueco me heló el estómago. Me retumbó todo.
Se fueron los peques. Y yo quedé absorto. Absorto de nuevo.
Otro día más al trabajo.
—¡Ya me acordé! —me dije a mí mismo… pero sabía que era mentira.
…aunque todo siguió, yo me quedé allí, sin saber qué faltaba.
